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 L'Aragonés, nieu zanzera
 Artículo publicado el 26 de febrero de 2005 en Heraldo de Aragón
 Por Juan José Segura Malagón, físico y profesor, y 25 filólogos.

Hace tiempo, cuando tantas aguas bajaban turbias, José Mª Pemán tuvo el valor intelectual de escribir un artículo titulado: "El catalán, un vaso de agua clara", que aún podría sonrojar a algunos. Permítasenos inspirarnos en aquel título para decir algunas cosas sobre el aragonés, algo terso y limpio, como nieve sin pisar.

El aragonés es una lengua románica formada al norte del actual Aragón que se convierte tras la Reconquista en la lengua histórica propia del Reyno de Aragón, mayoritaria en él y una de sus señales de identidad más preciadas. Del siglo XIII al XV hay testimonios, de fuera y de dentro, que dan fe de la identidad lingüística aragonesa, basada en un idioma propio (aragonés, lengoatge d'Aragón, vulgaris aragonensis) diferenciado del latín, del castellano y del catalán. Es una cuestión pacífica para el mundo científico la identidad del aragonés, lengua histórica del reino, y su continuidad en las hablas actuales del alto Aragón.

Es decir, los actuales hablantes de aragonés no son un cuerpo extraño sino que representan la continuidad histórica (o la recuperación voluntarista) de la comunidad lingüística mayoritaria y propia del viejo Reyno. Por eso, la cuestión del aragonés no debe plantearse como un problema extraño; ni siquiera como un problema. Es una cuestión de respeto y de dignidad (y esto ya bastaría) pero, además, para los hablantes se trata del derecho humano de poder vivir en la propia lengua y, para todos, del derecho cultural al conocimiento, uso y disfrute de un patrimonio inmaterial creado y conservado durante siglos.

El movimiento de recuperación del aragonés, gracias, no poco, a sus intentos de establecer un modelo de lengua común aragonesa y a promover su conocimiento y cultivo y el de las hablas locales, ha conseguido, al menos, tres cosas: el interés de muchos por aprender y usar el aragonés, lo cual ha despertado la autoestima de los hablantes tradicionales; que los científicos hayan prestado al aragonés una atención que no habría disfrutado un mero conjunto de hablas sin nombre ni referencia común y, en fin, que la sociedad aragonesa haya cobrado conciencia de la existencia de ese patrimonio cultural y de la necesidad de protegerlo, consolidarlo y darlo a conocer.

En resumen, sin esos esfuerzos seguramente no estaríamos hablando del aragonés, ni como problema ni como patrimonio.

Por otra parte, no es cierto que la mayor parte de la comunidad científica considere el aragonés común "una invención". Ya se ha dicho que, quizás sin esa incipiente, modesta y mejorable norma común, cientos de trabajos sobre romanística, tipología, lingüística general, estandardología y sociolingüística habrían ignorado al aragonés. Al fin y al cabo, ésa es una de las funciones de la variedad común: servir de escaparate de la lengua, de referencia externa para estudiantes y científicos, que precisan de un objeto de estudio bien definido.

Dado que hay un consenso científico amplio acerca de los rasgos lingüísticos que caracterizan al aragonés, la lengua común pretende ser la materialización de los mismos en una variedad plenamente funcional, hablada y escrita. En ella se plasmarán las decisiones comunes sobre cultismos y neologismos y tendrá una grafía integradora que visualice la unidad geográfica e histórica de la lengua. La sintaxis es de tipo románico central, muy uniforme, y no dará problemas. Y respecto a la variación léxica, en castellano las abejas tienen aguijón, guizque, guijo, púa, puyón, raigón, rejo, rejón, ferrón, herrete, pincho, lanceta, pico, harpón, etc. y no pasa nada. Ni siquiera debe de ser grave que Harry Potter haya sido traducido a tres paraestándares, ya que no hemos oído protestar a las Academias ni a la eñe se le ha despeinado el tupé.

Es hora ya de que esas delicadas tareas normativas las realice una autoridad lingüística con legitimidad, con representación de todas las variedades geográficas de la lengua, de la comunidad científica, de los usuarios actuales y potenciales y de todas las sensibilidades que han trabajado en la recuperación del aragonés. De la norma que resulte podrán alimentarse las hablas locales y encontrar soluciones comunes para todo lo que no sea estrictamente patrimonial. Esta es la función de referencia interna.

Concluyendo, la variedad común (representativa, cultivada, disponible y flexible) hará visibles las características lingüísticas del aragonés y servirá de referencia para una masa crítica de usuarios: científicos, hablantes, estudiantes, poderes públicos, industria cultural y de ocio... Sin ella, como un conjunto atomizado de "microlenguas", el aragonés no sobrevivirá. Con ella, tiene esperanzas.


Firman: Maria Pilar Benítez (Doctora en Filología Hispánica), José Domingo Dueñas (Doctor en Filología), Francho Nagore (Doctor en Filología Hispánica). Filólogos: Carlos Abril, Maria Jesús Acín, Tresa Arnal, Basi Broto, Maria Pilar Casasnovas, Manuel Castán, Pilar Claver, Ester Conrat, Chorche Díaz, Nieves Escartín, Maria Ángeles Francés, Antón Gil, Maria Dolores González, Chabier Lozano, Manuel Marqués, Feliciano Martínez, Chusé Inazio Nabarro, Mª Teresa Otal Piedrafita, Paz Ríos Nasarre, Francho Rodés Orquín, Pedro Miguel Rubio Rubio y Lois Chabier Tejada.

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